En el año de 1995, los medios de comunicación nacionales e internacionales observaron en el estado de Morelos una sociedad paranoica ante el desmesurado aumento de secuestros.
La población temerosa empezó a organizarse y coordinarse para poder dar frente a los plagiarios que actuaban cada vez en forma más organizada e impune. La tecnología y armamento usado por los delincuentes en muchos casos era superior a la portada por los distintos cuerpos de seguridad.
Los policías en gran medida coludidos con los jefes de las principales bandas de secuestradores solo capturaban a los “desechables” sin lograr o intentar siquiera atrapar a los capos de las bandas
Ese año fue solo el preámbulo de lo que se aproximaba, ya que los casos de secuestros se realizaban en forma cada vez más periódica conforme avanzaba el tiempo y cambiaban directivos en los distintos cuerpos de seguridad, hasta llegar a registrarse en los medios informativos cuatro o cinco secuestros a la semana.
Los grupos inmigrantes, de clase baja, que llegaban a Morelos en busca de una mejor forma de vida y la precaria situación económica que el estado sufría a pesar de sus recursos naturales empezaron a ser uno de los muchos factores propicios para crear un caldo de cultivo que se conformaría en ese año, todo esto, aunado a un gran número de policías corruptos que parecían ávidos de conseguir bienes económicos sin importar la forma de llegar a ellos. Situación que los delincuentes aprovecharon y que se registró en los medios de comunicación gracias a las investigaciones de los distintos cuerpos de seguridad nacionales y extranjeros así como la de los grupos sociales y medios de comunicación.
Los pactos y encubrimientos que los distintos mandos del poder ejecutivo y judicial mantenían con el crimen organizado se plasmó con un alza en los índices delictivos nunca antes registrados, ya que “Oficialmente, en Morelos se registraron 59 secuestros en 1995; sin embargo, algunas organizaciones no gubernamentales como Causa Ciudadana, Grupo Cuautla, Comisión Independiente de Derechos Humanos y Comisión de Derechos Humanos de la Región Oriente, entre mayo de 1994 y noviembre de 1996 ocurrieron 250. Se calcula que por concepto de rescate se han pagado cerca de 32 millones de dólares. Según (en ese entonces) el gobernador Jorge Carrillo Olea, han sido detenidos unos 300 secuestradores”. De igual forma, muchos jefes de los cárteles del narcotráfico, vieron en Morelos el idóneo lugar para residir sin ser molestados, como lo demuestran las investigaciones que ponen de manifiesto que los jefes del Cártel de Juárez, Juan José Esparragoza, “El Azul”; Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los Cielos” y Vicente Carrillo Leyva, “El Ingeniero” tenían sus casas de descanso en esa entidad.
El año de 1922 fue el antecedente de los secuestros modernos en Morelos, secuestros que eran de cierta forma poco comunes, la relevancia del plagio efectuado en ese año fue la importancia de los personajes secuestrados
Secuestro del exjefe del servicio secreto estadounidense.
A pesar que en Morelos se habían dado varios secuestros durante la revolución, se podría considerar el de Bruce Bielazki y José Bárcenas el 16 de junio de 1922 como el antecedente de los secuestros modernos en el estado, a pesar de la poca información, el investigador Víctor Ronquillo logró recabar información que quedo plasmada en una de sus publicaciones.
Los hechos se registraron cuando siete hombres armados y con los rostros cubiertos interceptaron a José Bárcenas y Bruce Bielazki quienes se dirigían a las “Grutas de Cacahuamilpa”, pidiendo por su rescate diez mil dólares.
Bielazki, alto funcionario de la New Mexico Oil Company, antes de llegar a México había sido jefe del Servicio Secreto de los Estados Unidos de Norteamérica durante la Primera Guerra Mundial. El licenciado Bárcenas, próspero hombre de negocios, se encontraba en nuestro país con la intención de adjudicarse el Hipódromo de Tijuana a través de un litigio.
De acuerdo al testimonio de Dora Benson -suegra de Bielazki-, su hija y su yerno se dirigieron en un primer momento a Tampico, y posteriormente se trasladaron a la Ciudad de México, hospedándose en el Hotel Regis junto con otros petroleros. La finalidad de dicha estancia era la de arreglar algunas diferencias surgidas entre los intereses de sus asociados y algunos funcionarios del gobierno mexicano.
El secuestro tuvo varias líneas de investigación sin que jamás se descubriera los fines que motivaron a los plagiarios. Algunos pensaron que se debía a una venganza por parte de simpatizantes del general Victoriano Huerta, ya que Bielazki años atrás lo había aprehendido cerca del Paso, Texas y llevado a prisión donde murió. Había quienes creían que estadounidenses radicales habían planeado el plagio como represalia por la persecución que Bielazki emprendió contra los sindicalistas durante su gestión como jefe del Servicio Secreto. Otras versiones señalaban que Bielazki descubrió la oferta del gobierno de Berlín al presidente Carranza, en el sentido de ciertas compensaciones territoriales, a cambio de que éste le declarara la guerra a los Estados Unidos y que viejos federalistas trataron de cobrarle el agravio. Otra versión involucraba a los petroleros estadounidenses, quienes se encontraban en un contexto de presión a las autoridades mexicanas para que les dieran mejores condiciones de explotación.
Con el fin de acelerar el pago del rescate fue liberado José Bárcenas. Poco tiempo después Bielazki logró escapar de sus captores y caminó sin rumbo fijo hasta llegar a Tetela, Morelos, lugar donde recibió ayuda de los lugareños.
Bielazki relató a periodistas estadounidenses -pues se negó a hablar con las autoridades mexicanas- que junto con sus captores caminaron mucho por el monte, los hombres cansados del largo trayecto recorrido quedaron dormidos, lo que aprovechó para darse a la fuga. Los secuestradores eran indígenas originarios de esos parajes, sólo hablaba con el jefe (que tenía un perfecto inglés, según el afectado)
El gobierno mexicano atribuyó el secuestro a la banda de Gil Fierros, conocido delincuente que operaba en el camino a Cuernavaca.
1995
Setenta y dos años después de 1922, Morelos reaparece en los medios de comunicación por la ola de secuestros que se estaban dando en distintos puntos del estado y en particular en la zona oriente. Por primera vez aparecían los grandes capos del secuestro. Algunos de ellos contaban con más de cien integrantes dentro de sus organizaciones delictivas.
Siete días después de iniciado el año de 1995, algunos titulares de los diarios estatales y semanarios locales mostraron en sus encabezados la muerte de un peligroso secuestrador y jefe de una banda durante un enfrentamiento que tuvo con la policía, iniciando así, lo que sería el preámbulo de una ola de secuestros que no disminuyó hasta el año 2001.
Los hechos se registraron cuando Cirilo Beltrán Cardozo, jefe de una banda de asaltantes y secuestradores, en un intento de extorsión, amenazó por teléfono al comerciante materialista Eduardo García de que le pagara una fuerte suma de dinero o en caso contrario podrían ser secuestrados él o algún familiar suyo.
Eduardo García, en un intento desesperado de liberarse del plagiario solicitó ayuda de las autoridades municipales y estatales para que detuvieran a Beltrán Cardozo, montando así, un dispositivo policiaco para lograr la captura de los integrantes de la banda.
A las 12:30 horas, Cirilo Beltrán, en compañía de René Aparicio Zamora y Oscar Morán Enríquez se dirigieron en dos taxis al hogar de la familia García. Javier Morales Caporal y Julián Valdez Zamora, conductores de los taxis, fueron amagados por los delincuentes, quienes los usaron como chóferes para perpetrar la extorsión.
De acuerdo a la información proporcionada por los vecinos, al llegar los delincuentes se percataron del dispositivo policiaco e iniciaron un enfrentamiento a balazos que duró varios minutos hasta que un efectivo de la policía logró herir de bala a Beltrán Cardozo. Agonizante y con cuatro impactos de bala, sus acompañantes lo subieron a uno de los taxis y tomaron el camino a Huazulco, comunidad que les servía de refugio, iniciando así una persecución que concluyo kilómetros más adelante con la rendición de Aparicio Zamora y Morán Enríquez.
El miércoles 25 del mismo año, cinco secuestradores lograron plagiar al hijo del ganadero Abel Villaseñor Castrejón, cuando éste llegó a su rancho ubicado en Tilzapotla para realizar la ordeña diaria.
Al ver que sus vaqueros estaban amarrados y que los plagiarios ya lo estaban apuntando con sus pistolas, nada pudo hacer para evadir la acción de los secuestradores. Atado y amagado, Jorge Villaseñor Salgado fue subido a un jeep de su propiedad y usado por los delincuentes para emprender la huida.
Horas más tarde, los delincuentes se comunicaron con los familiares exigiendo la cantidad de un millón de pesos por la liberación de su hijo. Cantidad que fue reduciéndose considerablemente mientras se daban las negociaciones.
Seis días después, un grupo de agentes policíacos encabezados por Darío Lugo Sánchez lograron ubicar la casa de seguridad de los plagiarios y realizaron un operativo que dio como resultado la liberación de Jorge Villaseñor sin que se lograra capturar a los delincuentes.
Este hecho resultó ser el segundo en la semana, cuando Eloy Campos Uribe, fue víctima de un secuestro con las mismas características y en la misma población.
La comunidad de Tilzapotla, preocupada e impotente por la poca ayuda que recibía del edil ixtleco, Lauro Ocampo Amante y del gobierno estatal, decidió organizar “grupos de rondas” encabezadas por el ayudante municipal, Vicente Peralta García.
El 14 de marzo, proveniente de Yautepec, un joven arquitecto fue secuestrado en la carretera Oacalco-Yautepec por un grupo de ocho plagiarios. Cien millones de pesos fueron los que solicitaron a los familiares a través de una llamada telefónica para poner en libertad al arquitecto.
El primer contacto de los secuestradores con los familiares se dio por vía telefónica antes de las cinco de la tarde:
¡Bueno!
Escuche atentamente lo que le voy a decir, su hijo tiene un problema.
¿Está lastimado?, Preguntó el padre de inmediato pensando en un accidente, al tiempo que su esposa corría a una recámara para tratar de escuchar por una extensión, sabiendo que algo malo le había pasado ya al mayor de sus tres hijos.
-No tiene nada... aun. Ha sido secuestrado, pero le puede pasar algo si no paga.
Y ¿cuánto piden?
Cien millones, fue la respuesta, a partir de ahora cuenta con cinco días para obtenerlos.
Pero es que jamás los he tenido, ni los tendré... y en ese momento los secuestradores cortaron la comunicación.
Una segunda llamada se registró el sábado 18 de marzo.
¿Ya tiene el dinero?
No, ya le dije que no soy rico, ni con mucho tendré lo que pide; pero denos tiempo, estamos juntando lo más que podemos, por favor, ¿cómo está mi hijo?
Hasta ahora bien, pero se va a morir si no cumple. Y si quiere una prueba de que estamos dispuestos a todo a lo mejor le mandamos una parte de su cuerpo para que lo compruebe.
Como en todos los casos, el monto de lo pedido se fue reduciendo hasta hacerse pagable el rescate. La fecha de entrega se acordó el jueves 23 del mismo mes, la orden de los plagiarios era que el padre debía entregar el rescate a bordo de su Volkswagen Sedan, con las luces encendidas y con billetes de baja denominación. Éstos serían entregados en la zona montañosa de Morelos.
Un hecho que suele suceder en varias bandas delictivas resultó desfavorable para el plagiado, algunos integrantes decidieron fugarse con el rescate e informaron a los demás compañeros que habían sido víctimas de la acción policíaca y que el dinero jamás fue entregado.
Esto provocó que los secuestradores tomaran en ese momento una decisión, matar al arquitecto como respuesta a la falsa información dada por los escindidos.
Los padres, al cerciorarse que ya era viernes y su hijo no era liberado permitieron al comandante de la Policía Judicial, Darío Lugo, de proceder como creyera conveniente. Para ese momento, los policías tenían ya varias pistas que identificaban la casa de seguridad de los secuestradores. En una acción inmediata, en la colonia Lomas del Carril, del municipio de Temixco, la guarida fue rodeada por los agentes policíacos aprehendiendo a tres de los ocho secuestradores y el arquitecto, fue liberado momentos antes de que lo mataran.
Una vez en libertad, el arquitecto narró los hechos justo después de detenerse para comprar un refresco y ser sorprendido por los plagiarios:
...No sé por qué, pero lo noté misterioso y es que me veía a los ojos. Entonces me detuve un poco para ver que tramaba, qué es lo que iba a hacer. Temía algo así que instintivamente traté de echarme para atrás; pero en ese momento otro hombre se colocó detrás de mí apuntándome con su pistola
Me ordenaron que caminara hacia mi coche. Lo hice sin protestar y sin hablar. Me colocaron a la parte trasera y uno de ellos se colocó a mi lado, al tiempo que el otro se ponía al volante y arrancaba
Pensé muchas cosas “se trata de un asalto”, me dije. “Hay que tener calma” comencé a repetirme.
El chofer dio vuelta en “U” sobre la carretera y se dirigió a Yautepec. Luego en una calle perpendicular, se salieron a la derecha y como a 500 metros, se separaron.
“Bájate”, me ordenaron. Y mi sorpresa fue cuando me ordenaron que me metiera en la cajuela. Fue cuando descubrí que nos seguía otro coche, creo que un Jetta o algo así.
Me vendaron, me subieron y comenzó el infierno para mí. Estuvimos paseando por varias calles. Yo no sabía por donde andaba. De inmediato comencé a desarrollar un instinto de sobrevivencia. Digo sobrevivencia por que ya me di cuenta que no era un robo. No se llevaron mi auto, por mi cartera ni se preocuparon, pues seguía en el bolsillo de mi pantalón.
En fin, comencé a temer que era un secuestro.
Así me mantuvieron paseando por espacio de una hora, era muy difícil respirar ahí encerrado, encogido, tapado de la cara y con el calor de afuera, temí en un momento asfixiarme.
Pasó más o menos una hora, finalmente me bajaron en una vereda de piedra que ascendía una loma. Me advirtieron que me iban a quitar la venda, pero que sólo viera al piso o que me matarían.
Obedecí sin chistar.
A unos diez metros estaba lo que sería mi hogar y mi cárcel: un estrecho y mal oliente cuartucho sin ventilación, hecho en rudimentario concreto.
Me volvieron a poner la venda que en realidad era un trapo azul, una especie de bolsa de tela que le cubría el rostro y me dijeron que me sentara. A partir de entonces esa fue mi posición durante más de diez días.
Desde mi llegada comenzaron a interrogarme. “cómo te llamas, dónde trabajas, cómo se llaman tus padres, cuántos hermanos tienes, dónde vives, cuál es tu número telefónico, de quién es el carro que traes, de quiénes son los otros coches en que llegabas a la obra, cuántas casas tienes, cuántos autos...”
Ellos no sabían, que a veces llegaba en el auto del dueño de la obra, o del otro arquitecto o de amigos o ingenieros arquitectos que tienen obras en Morelos y que veníamos juntos en un solo coche para ahorrar gastos; a lo mejor pensaron que todos eran míos.
El martes 6 de junio de 1995, en el fraccionamiento Lomas de Cuernavaca, dos secuestradores que portaban uniformes de la policía estatal, persiguieron y atraparon a su víctima cuando éste trató de librarse de ellos.
La víctima, al ver que iba a ser secuestrado, trató de fugarse de los plagiarios quienes le dispararon en varias ocasiones, lo que alertó a los vecinos del lugar sin que pudieran hacer nada. La víctima, al introducirse en una propiedad privada de dicho fraccionamiento, fue alcanzada por los plagiarios, quienes con golpes lo obligaron a abordar en una Brasilia o Caribe blanca que se dio a la fuga.
De este hecho, nunca hubo una denuncia ni se supo el nombre del plagiado.
Textos: Ulisses Ozaeta